Esta película fue estrenada en 1955, realizada por el director estaoudinense Nicholas Ray, se estrenó un mes después de la muerte del actor James Dean, que en su papel de James Stark pasó a ser desde ese momento el símbolo de la juventud díscola y problemática.
Jimmy es un chico que todavía va al colegio y que por su personalidad, entre encantadora y presta a cualquier enfrentamiento, recién llega a un pueblo, en un record de mudanzas que sus padres tienen muy claro, para encontrar allí el colmo de las consecuencias de sus actos.
Desde el punto de vista funcionalista la familia del protagonista no corresponde al ideal de familia, donde el padre es la autoridad y fomenta la capacidad de trabajo y esfuerzo para alcanzar el bienestar, sino que en este caso los roles están completamente trocados, lo que en ese momento de postguerra era poco menos que un escándalo. La película entonces parece plantear que la causa real de la rebeldía de Jimmy es un padre débil que no cumple su función de ser el referente masculino de autoridad, que se deja manipular por la madre y la abuela y no puede aconsejar a su hijo en los temas más masculinos de su edad. Parece ser que el mensaje de la película fuera: familia que no se “comporta” como debe ser, es familia que engendra el caos.
Aparece entonces un Estado, encarnado en un policía de menores, que cumple estas funciones a cabalidad, que reemplaza al padre (pone claras las normas, acepta los desafíos del joven, reprende), y a la madre (acoge, da consuelo, aconseja, cuida, es afectuoso e incondicional). Como si esto fuera posible y absolutamente necesario. Este estado entonces representa al joven como un sujeto inmaduro, necesitado de atención y un poco de mano dura, pero en el fondo dócil y tierno.
Tal vez esta película es una de las primeras veces en que la escuela aparece como el lugar donde la juventud aprovecha el espacio que deja la institucionalidad para que se de la libre asociación de estos sujetos, que una vez fuera del control (por demás ingenuo a juzgar por la manera en que se representa a los maestros) del mundo adulto, se agrupan alrededor de líderes naturales, a través de toda una red de relaciones que tienen un código particular de comunicación y unos intereses comunes fundamentalmente de identificación entre pares.
Los jóvenes son en esta película representados de muchas maneras y es posible que algunas de estas maneras se convirtieran en parte fundamental del imaginario social sobre los jóvenes, que desde entonces y por varias décadas fueron descritos literalmente como rebeldes sin causa. Esa relación entre los chicos buenos y los chicos malos, tan profundamente arraigada en las representaciones de la sociedad occidental, fue promovida en su momento por películas como esta. Las primeras identidades culturales representadas explícitamente en el arte aparecen aquí, bien descritas por su lenguaje, los objetos resemantizados (la chaqueta, los jeans, los autos), los rituales (las peleas con cuchillo, las competencias de velocidad) y las relaciones entre las mujeres y los hombres (la chica como trofeo, la que hace parte de la “pandilla” por ser igual de dura que ellos, el amor a primera vista).
Todas las instituciones que tienen relación directa con los jóvenes aparecen aquí, sin estar segura, porque no conozco las condiciones reales de las familias, ni las percepciones del público del momento, como una caricatura, incluso los jóvenes parecen corresponder a una generalización bastante básica, con rasgos indistintos entre clase y contexto, así como de época y género (finalmente Judy se diferencia bien poco en sus actitudes y afanes de James, su par varón).
Se puede decir de todas maneras que tal vez también por primera vez, en Rebelde sin causa se muestra una juventud que reclama la atención del adulto, en la manera en que se vuelve sintomática, es decir, en la película la problemática de los jóvenes se ve como una manifestación de un malestar más profundo que termina confrontando a los adultos y a las instituciones sociales en su relación con este sujeto-víctima que empieza a aparecer y que tiene algo que decir más allá del mero capricho juvenil, manifestando inconformidad y rechazo frente a sus condiciones sociales. También es rescatable, a pesar de la utopía que supone, (sobretodo por la forma en que se presenta en la cinta) la pretendida intención del Estado de proveer a los jóvenes de una atención que va más allá de unas disposiciones jurídicas penales, que lo atiende personalmente y de esa manera lo entiende dentro de un contexto particular y diferenciado en cada caso y que en esa medida, aunque sea de manera paternalista, abre un espacio para que la relación de poderes se horizontalice y eso que está en la “periferia” acceda al “centro”, es decir se vuelva protagonista.
Por último hay que decir que esta película es además un hito en la industria cultural que abre espacios para que los jóvenes se identifiquen, a partir de este momento entiende el potencial que tiene el abrir estos espacios, para recoger esas identidades juveniles, darles un escenario que les permita mirarse y conectarse, y en este proceso beneficiarse. Rebelde sin causa fue una de las películas más taquilleras del momento, miles de industrias han seguido el ejemplo de Hollywood, y ahora dedican muchos de sus recursos en rastrear las expresiones juveniles emergentes, iluminarlas, aprovechar la remantización de objetos que hacen, para promover una industria que hasta ahora es una de las más rentables.
