jueves, 29 de abril de 2010

Rebelde sin causa

Esta película fue estrenada en 1955, realizada por el director estaoudinense Nicholas Ray, se estrenó un mes después de la muerte del actor James Dean, que en su papel de James Stark pasó a ser desde ese momento el símbolo de la juventud díscola y problemática.

Jimmy es un chico que todavía va al colegio y que por su personalidad, entre encantadora y presta a cualquier enfrentamiento, recién llega a un pueblo, en un record de mudanzas que sus padres tienen muy claro, para encontrar allí el colmo de las consecuencias de sus actos.

Desde el punto de vista funcionalista la familia del protagonista no corresponde al ideal de familia, donde el padre es la autoridad y fomenta la capacidad de trabajo y esfuerzo para alcanzar el bienestar, sino que en este caso los roles están completamente trocados, lo que en ese momento de postguerra era poco menos que un escándalo. La película entonces parece plantear que la causa real de la rebeldía de Jimmy es un padre débil que no cumple su función de ser el referente masculino de autoridad, que se deja manipular por la madre y la abuela y no puede aconsejar a su hijo en los temas más masculinos de su edad. Parece ser que el mensaje de la película fuera: familia que no se “comporta” como debe ser, es familia que engendra el caos.

Aparece entonces un Estado, encarnado en un policía de menores, que cumple estas funciones a cabalidad, que reemplaza al padre (pone claras las normas, acepta los desafíos del joven, reprende), y a la madre (acoge, da consuelo, aconseja, cuida, es afectuoso e incondicional). Como si esto fuera posible y absolutamente necesario. Este estado entonces representa al joven como un sujeto inmaduro, necesitado de atención y un poco de mano dura, pero en el fondo dócil y tierno.

Tal vez esta película es una de las primeras veces en que la escuela aparece como el lugar donde la juventud aprovecha el espacio que deja la institucionalidad para que se de la libre asociación de estos sujetos, que una vez fuera del control (por demás ingenuo a juzgar por la manera en que se representa a los maestros) del mundo adulto, se agrupan alrededor de líderes naturales, a través de toda una red de relaciones que tienen un código particular de comunicación y unos intereses comunes fundamentalmente de identificación entre pares.

Los jóvenes son en esta película representados de muchas maneras y es posible que algunas de estas maneras se convirtieran en parte fundamental del imaginario social sobre los jóvenes, que desde entonces y por varias décadas fueron descritos literalmente como rebeldes sin causa. Esa relación entre los chicos buenos y los chicos malos, tan profundamente arraigada en las representaciones de la sociedad occidental, fue promovida en su momento por películas como esta. Las primeras identidades culturales representadas explícitamente en el arte aparecen aquí, bien descritas por su lenguaje, los objetos resemantizados (la chaqueta, los jeans, los autos), los rituales (las peleas con cuchillo, las competencias de velocidad) y las relaciones entre las mujeres y los hombres (la chica como trofeo, la que hace parte de la “pandilla” por ser igual de dura que ellos, el amor a primera vista).

Todas las instituciones que tienen relación directa con los jóvenes aparecen aquí, sin estar segura, porque no conozco las condiciones reales de las familias, ni las percepciones del público del momento, como una caricatura, incluso los jóvenes parecen corresponder a una generalización bastante básica, con rasgos indistintos entre clase y contexto, así como de época y género (finalmente Judy se diferencia bien poco en sus actitudes y afanes de James, su par varón).

Se puede decir de todas maneras que tal vez también por primera vez, en Rebelde sin causa se muestra una juventud que reclama la atención del adulto, en la manera en que se vuelve sintomática, es decir, en la película la problemática de los jóvenes se ve como una manifestación de un malestar más profundo que termina confrontando a los adultos y a las instituciones sociales en su relación con este sujeto-víctima que empieza a aparecer y que tiene algo que decir más allá del mero capricho juvenil, manifestando inconformidad y rechazo frente a sus condiciones sociales. También es rescatable, a pesar de la utopía que supone, (sobretodo por la forma en que se presenta en la cinta) la pretendida intención del Estado de proveer a los jóvenes de una atención que va más allá de unas disposiciones jurídicas penales, que lo atiende personalmente y de esa manera lo entiende dentro de un contexto particular y diferenciado en cada caso y que en esa medida, aunque sea de manera paternalista, abre un espacio para que la relación de poderes se horizontalice y eso que está en la “periferia” acceda al “centro”, es decir se vuelva protagonista.

Por último hay que decir que esta película es además un hito en la industria cultural que abre espacios para que los jóvenes se identifiquen, a partir de este momento entiende el potencial que tiene el abrir estos espacios, para recoger esas identidades juveniles, darles un escenario que les permita mirarse y conectarse, y en este proceso beneficiarse. Rebelde sin causa fue una de las películas más taquilleras del momento, miles de industrias han seguido el ejemplo de Hollywood, y ahora dedican muchos de sus recursos en rastrear las expresiones juveniles emergentes, iluminarlas, aprovechar la remantización de objetos que hacen, para promover una industria que hasta ahora es una de las más rentables.

lunes, 26 de abril de 2010

yo soy generación X (13 años después una respuesta a José Manuel Valenzuela)

En ese entonces no sabíamos muy bien por qué, pero en verdad nos ocupaba el desencanto, el desconcierto absoluto, la utopía se caía a pedazos frente a nosotros, el mundo era un lugar hostil con una ausencia casi total de futuro, los motivos comunes, las grandes causas, estaban perdidas, nuestros mayores se rindieron ante las evidencias de un mundo peor, y nosotros lo recibimos con una mueca de desprecio y una pretensión total de desapego, y lo que se leyó como cinismo individualista, no era más que una vuelta a nosotros mismos, una mirada larga en el espejo que supuso una batalla interna y feroz contra la desdicha, un reproche a esa falta de efectividad de la filosofía de paz y amor, seguida por ese fracaso rotundo que fue la ingenuidad de irse a la guerra para aprender a hacer la paz. Y en el medio nosotros, asistiendo a la ruptura total de nuestro tejido, al autoexterminio de los jóvenes vecinos, promovido por unos adultos abusadores, incapaces de protegernos a todos, a los vecinos y a nosotros, del desastre.

Ahora somos adultos, nos hemos unido al "enemigo", es nuestra tarea entonces encontrar qué es lo que subyace a la "apatía" de nuestros jóvenes, a su dispersión en el espacio, en la música que parece el único lugar común, en sus cuerpos, en sus evasiones del mundo, en sus preguntas, en su euforia y su tristeza, en sus silencios. Menuda tarea¡

domingo, 25 de abril de 2010

¿Qué son las culturas juevniles?

Este texto es un informe que parte de 4 artículos y 3 autores, que trabajan en profundidad el concepto de las identidades juveniles, aquí expongo las notas que hice en la lectura de estos documentos, que no son más que mis propias deducciones y acotaciones de los conceptos propuestos allí, así como de las reflexiones que me suscitan.

Lo primero que hay que advertir es que los 3 autores están de acuerdo en algo que plantea el primer documento Culturas juveniles. Identidades transitorias de José Manuel Valenzuela en la introducción de sus reflexiones y es que las identidades juveniles son históricamente construidas y tienen como una de sus principales características ser situacionales: dependen de un contexto específico, de un momento histórico particular. Siguiendo con este documento se habla de que a diferencia de las identidades estructurales las identidades juveniles son transitorias, "se delimitan en citaciones y relaciones específicas por la condición perecedera de la juventud".

Carles Feixa en su texto De las culturas juveniles al estilo dice que “las culturas juveniles son la manera en que las experiencias juveniles son expresadas colectivamente, mediante la construcción de estilos de vida distintivos, localizados fundamentalmente en el tiempo libre, o en espacios intersticiales de la vida institucional” en un proceso de respuesta a la subordinación. Pero a diferencia de las demás culturas subordinadas, esta es transitoria, característica que también se ha utilizado para despreciar la importancia de los discursos de las culturas juveniles.

Para analizar las culturas juveniles entonces es preciso abordarlas en dos sentidos: las condiciones sociales y las imágenes culturales.

Frente a este aspecto y con relación a las observaciones que hace Feixa sobre las culturas juveniles de clase media, que son menos visibles (porque no parecen ser tan explícitas en su agregación, autoafirmación u oposición) existe la posibilidad de encontrar una riqueza enorme que hemos dejado de lado, pues dadas las herramientas que tienen los jóvenes de esta clase, las culturas juveniles a través de las cuales se relacionan, pueden llegar a ser de una gran sofisticación, en la cual se desarrollan reflexiones y negociaciones, menos espectaculares (para usar los términos de Feixa) pero más profundas. Por esto es tan importante estudiar las culturas juveniles, porque lo que sucede es que en ellas se manifiestan los postulados más ocultos de la sociedad a la que pertenecen, la “crisis de valores” que los adultos observan y a menudo proscriben en las culturas juveniles, como el racismo, son las “crisis de valores” de una sociedad que no se mira a sí misma con honestidad.

Entonces para entender a las culturas juveniles es importante establecer en segundo lugar, las imágenes culturales con las cuales se representan. Para lo cual nos es muy útil la noción de estilo. “El estilo puede definirse como la manifestación simbólica de las culturas juveniles, expresadas en un conjunto más o menos coherente de elementos materiales e inmateriales, que los jóvenes consideran representativos de su identidad como grupo”. Este proceso de expresión de la identidad cultural de los jóvenes ha sido entendido muy bien por las industrias culturales, que promueven el consumo cultural a partir de estas expresiones, sin embargo es simplista creer que las industrias culturales son las que producen el estilo, ya que este va más allá de una utilización de objetos, se trata más bien de una organización significativa de estos objetos en una relación directa entre el objeto y el valor simbólico que se le asigna, con un determinado objetivo comunicacional. Las identidades juveniles pues, resignifican una serie de objetos, en una mezcla deliberada de significados, resignificaciones, resemantizaciones y usos simbólicos, con la idea de diferenciarse del “otro”, y comunicar unas “Intereses comunes” y unos valores y principios determinados. De tal suerte, que se convierten en productores de cultura a través de elementos culturales como el lenguaje, la música, la estética, los productos culturales (revistas, grafittis, videos, cine) y las actividades focales o rituales (partidos de fútbol)

El ejercicio más importante, en términos de comprender la importancia que tiene el estudio de la juventud, lo hace Reguillo cuando recoge el trabajo de la antropóloga Margaret Mead, y sus tipos de cultura, y a partir del cual, la autora propone entender a la juventud a través de la metáfora de los “primeros colonos”. El mundo que conocemos es tan nuevo, que los mayores no tienen herramientas para construir una vida segura en él, sus referentes pierden validez, por lo cual, los jóvenes nativos, son quienes guiarán los caminos de esa nueva sociedad a través de sus prácticas de experimentación e innovación, creando así un modelo más efectivo para el futuro. Esta metáfora es del todo pertinente para explicar lo que sucede ahora, por eso es de vital importancia observar las expresiones, las maneras de reproducción social que adoptan los jóvenes, porque es allí donde podremos encontrar pistas de hacia dónde se dirigen nuestras sociedades.

En este sentido vale la pena entender, en términos generales, el comportamiento juvenil hoy: en medio de un mundo completamente tecnológico, abierto y público, con enormes cantidades de información en permanente circulación, los jóvenes han sido capaces de abarcar ese mundo a través del desarrollo de una capacidad novedosa de procesar información, en una configuración social simbólica, que se describe a través de la figura del hipertexto. Es preciso anotar que esta hipertextualdiad de los jóvenes los enfrenta constantemente con interpretaciones del mundo tan distantes a las propias que entran en conflicto entre sí, obligado al sujeto “a un reajuste constante entre su experiencia inmediata y ciertos discursos que parecen cada vez menos lejanos” lo que a su vez parece que provoca un fenómeno de “relocalización” del joven, es decir, que este dota de nuevos sentidos sus experiencias más cercanas, insertándolas en comunidades de sentido que funcionan como círculos de protección frente a la velocidad con que se mueve el mundo.

Un elemento clave que entonces queda por mirar detenidamente y que José Manuel Valenzuela aborda en su texto Culturas identitarias juveniles es la reflexión sobre la adscripción de clase como un elemento constitutivo de las identidades juveniles porque es preciso entender que la juventud es una categoría social que emerge en un contexto más amplio. Las culturas juveniles son culturas subalternas, entre otras cosas porque se les señala como germen de comportamientos sociales que perjudican el conjunto, cuando en realidad estos comportamientos pueden ser sólo síntomas de una problemática generalizada en una sociedad que no se mira a sí misma.

Este proceso ha coincidido con un incremento mundial de la violencia, lo que ha hecho que las culturas juveniles sean estigmatizadas, sobretodo por las instituciones sociales más importantes, lo que hace que sean los espacios culturales, las industrias culturales, las que acojan y definan a los jóvenes, que ya no se congregan por intereses políticos como en otros tiempos sino a través de la construcción de sentidos colectivos que dan respuesta a esos estigmas.

jueves, 22 de abril de 2010

por qué estoy aquí

En una sociedad como la colombiana, con un Estado dedicado principalmente a librar la guerra contra la guerrilla y el narcotráfico, donde las ONGS han denunciado más de 4 millones de desplazados forzados y el Proceso de Justicia y Paz, por el cual se desmovilizaron los grupos paramilitares, no alcanza el objetivo de verdad, justicia y reparación para las víctimas. En una ciudad como Medellín con un nivel de desempleo hasta del 18%, y tan solo un promedio de 3.4. m2 de espacio público por habitante, los jóvenes son la población más vulnerable. Para la mayoría de ellos los años de juventud son la época del debate diario entre la educación y la guerra, entre los embarazos adolescentes y el maltrato, entre el arte y la violencia. Los jóvenes pertenecientes a las clases más privilegiadas también se tienen que enfrentar a una sociedad conservadora que difícilmente entiende y atiende las nuevas expresiones de las culturas juveniles. Así, el potencial de la juventud, su capacidad de crear nuevas formas de relacionarnos, de construir salidas, se reduce a pocos años, los jóvenes de Medellín dejan muy pronto de ser jóvenes, sin haberse primero explorado en todas sus dimensiones, sin haber tenido la posibilidad de “cambiar el mundo” antes de tener que ajustarse a él.