Los jóvenes colombianos como la mayoría de juventudes en el mundo, han preferido abrir espacios culturales donde sus expresiones estéticas posibilitan un intercambio más real con sus pares, pero sobretodo con la sociedad en la que viven.Específicamente en Medellín la música ha sido el hilo conductor de las identidades juveniles, el movimiento musical independiente que se refuerza en ámbitos pequeños, colegios, pequeños estudios caseros y por supuesto en Myspace, nos tiene hoy frente a un panorama de producción increíble que se expresa en diversos géneros y tendencias, desde el Metal y punk hasta el tecno y la electrónica, pasando por la tradicional salsa, y el jazz.
En este sentido el gobierno municipal ha adelantado desde hace cuatro años y a través de la Subsecretaría Metrojuventud, pertenenciente a la secretaría de Cultura Ciduadadana, un festival anual llamado Altavoz, que pretende recoger todo de la producción musical de cada año. Así se realiza una selección de proyectos que participan por medio de una convocatoria pública, para que se presenten durante tres meses, por géneros, en el espacio público de preseleccionados, un jurado, experto en el tema, selecciona los finalistas que participan en un gran festival de cierre en el mes de octubre, que dura tres días y cuenta con la participación de reconocidas bandas internacionales que se intercalan con los participantes locales.Altavoz de ha convertido en el lugar donde no solo los jóvenes músicos pueden exhibir un trabajo por año, sino en la oportunidad de que las identidades que se congregan alrededor de un género tengan una oferta que les permite encontrarse durante casi todo el año con sus pares a través de una experiencia gratuita en un ejercicio de convivencia que se ha ganado un espacio importante en la ciudad. Al final el festival hace una rueda de negocios internacional donde invitados de la industria de la música de varios países del mundo tiene acceso a las propuestas locales, lo que es un impulso para la sostenibilidad de los proyectos que participan.
Así mismo, los dos más importantes museos de la ciudad, El Museo de Antioquia y el Museo de Arte Moderno de Medellín, ambos entidades privadas sin ánimo de lucro que funcionan como Organizaciones no Gubernamentales, han incorporado en los dos últimos años, cada uno un programa que aborda la música como parte importante de las artes plásticas y que ofrece una programación académica y de exhibición gratuita de alta calidad con miras a enriquecer la oferta cultural y la escena local.
En el plano político los jóvenes de la ciudad tienen un mecanismo tradicional de participación llamado Concejos Municipales de juventud, que son instancias desde donde los jóvenes ejercen su participación dentro de la institucionalidad en un ejercicio político claro, con miras a velar por el cumplimiento de la ley de juventud. Sin embargo, es desde fuera de la institucionalidad donde los jóvenes gestionan su participación como sujetos políticos, permeando desde allí los mecanismos tradicionales. Han sido los jóvenes quienes han promovido las marchas en contra de los secuestros en Colombia, y la popularidad del Partido Verde en las últimas elecciones, pero no solo en estas acciones directas en relación con la política, también precisamente desde la música los grupos de Metal, hardcore, punk y hip hop, con sus letras de denuncia y de discurso ambientalistas y sociales, ejercen su ser político. También hay que mencionar que muchas de las iniciativas de gestión cultural que intentan mejorar las condiciones de vida de las personas en los barrios, son de conformación mayoritariamente joven. Y en ese trasegar con las comunidades y a la vez con el Estado y la Empresa Privada constituye el espacio más importante de relación con el poder, con los discursos hegemónicos, con el “centro” institucional, con el adulto.
Me piden que hable de la visibilidad de las expresiones juveniles en mi país, y yo en este momento solo tengo una historia para contar: Hace ocho años por cosas de la vida (tal vez el carácter, tal vez la búsqueda) llegué por primera vez a un asentamiento de familias en situación de desplazamiento, lo habitaban personas forzadas violentamente a dejar sus tierras en los campos de toda la región, llegaron en una nueva oleada (nuestra historia es la misma historia repetida) que tuvo su pico más alto en el 2000-2001, para instalarse en un pedazo de la falda centro oriental del Valle que acoge a esta ciudad. Me tocaba administrar los recursos de un programa de una ONG, y apoyar el desarrollo de unos talles con las mujeres del lugar, lo que vi ese día no lo volveré a ver, porque nunca se ve igual lo que se ve a cuando lo ves por primera vez: más de 200 ranchos de madera casi todos apiñados contra la montaña que nunca se sabe cuándo se va a desprender, sin calles, ni agua potable, a duras penas la luz de contrabando. En cada casa, de menos de 30 metros cuadrados, viven familias de hasta seis personas.Una realidad infame a la que nunca, pero nunca, te acabas de acostumbrar, ni siquiera cuando la luz se vuelve legal y las casas empiezan a ser de ladrillo.
Afortunadamente siempre tuve por qué volver, un proyecto de arte e intervención social llamado Esta es tu casa, y luego en el 2006 una invitación para trabajar con un grupo de jóvenes que por ahí se estaban organizando con ganas de hacer cosas, en un proyecto que se llamó Urbánicos, así conocí a los adolescentes más empeliculados del barrio el Pacífico y Altos de la Torre, hijos de la gente más anónima que ha existido jamás, que en ese entonces todavía hablaban de ir a Medellín como si la ceguera deliberada de la ciudad para con ellos, los hubiera dejado fuera de ella por definición. El reto: abrir con ellos la gran pregunta de la pertenencia a la ciudad, cómo: a través de sus propias expresiones estéticas. Nos dimos cuenta pronto que para hablar de ciudadanos, con niños de 12 a 15 años, primero había que hablar de juventud y niñez, de proyectos de vida, de roles y posturas, de realización personal, del pasado, pero sobretodo del futuro. Lo hicimos todo y al final, después de seis meses salimos a la calle, en un performance que pretendía, desde todos los estereotipos posibles, darle amor a la ciudad, que después de muchos ires y venires, los jóvenes decidieron que era lo que le hacía falta.
En ese proceso nos acercamos, nos hicimos amigos, nos peleamos, crecimos juntos, 14 jóvenes y 6 adultos en la búsqueda de la ciudad, de la inclusión, del futuro. Descubrimos que para ellos tener 12 años era ser joven, sus padres, casi todos de origen campesino, tal vez nunca lo fueron. Por primera vez tuvieron que preguntarse (ya no era el taller de género que venía a hablar con sabiduría de los métodos de planificación), ahora eran 6 adultos que sólo hacían algo después de preguntarles mucho, vos qué pensás, vos que querés, vos cómo lo harías, vos que deseás, que ncestitás, vos cómo estás, vos qué decidís hacer. La mayor sorpresa fue entender desde la primera vez que la única respuesta que no se admitía era la preferida por ellos “lo que usted quiera profe”. Aprendimos con ellos a dibujar los límites de la construcción en equipo, de la intervención, los límites de la libertad, las desventajas del consenso, la importancia para todos de las figuras de autoridad, de las normas claras, del juego bonito. Encontramos también el futuro, ya no era sólo uno posible, ya el futuro se podía soñar, no porque se hubiera vuelto fácil, sino porque para todos era igual de difícil. Y al final encontramos el equilibrio, y realmente sentimos que podíamos estar juntos.
Ahora su grupo juvenil está consolidado, hacen brigadas de saneamiento ambiental, proyectan películas para los niños del barrio, hacen la fiesta por la vida cada año, y se juntan cada ocho días para hablar de los temas que comprometen al barrio. Nosotros seguimos trabajando con ellos, utilizando el teatro y los medios de comunicación alternativos para hablar de amor, Amor se escribe con… es nuestro proyecto, y ahí íbamos… cuando el lunes 26 de abril conocimos una carta que publicó el grupo paramilitar Los Rastrojos, donde acusan de tener nexos con las FARC y el ELN a unas 60 entidades y personas en todo el país, a quienes amenazan de muerte. En la lista aparece el nombre de una de nuestras jóvenes, no sabemos por qué, solo la vinculan con el grupo Juvenil, pero no aparece ninguno de los demás chicos, solo ella. Tiene 19 años, por ahora no puede volver a su casa, menos mal nos tiene a nosotros, porque las autoridades solo te ofrecen un albergue, tiene que esperar mientras las investigaciones determinan si la amenaza es seria, en caso tal, dicen los que saben en la Alcaldía, que debería irse con toda su familia, ella espera que no, todos esperamos que no, su familia no sabe, no la queremos alarmar todavía, por un par de semanas estará aquí en mi casa.
Mientras escribo ella estudia, ya casi termina su primer semestre de diseño gráfico en una universidad de educación media, es buena en lo que hace, está más tranquila, yo todavía no me decido por cómo me siento. Los rastrojos son una copia de nuestra sociedad, reflejan las maneras de pensar y actuar, más que aceptadas, de una clase dominante que perdura desde siempre, todo lo distinto hay que aniquilarlo, entonces por antonomasia los jóvenes caen aquí como moscas, en oleadas intermitentes en el tiempo, porque son carne de cañón para poner al frente de la batalla, o son estigmatizados como peligrosos, delincuentes, germen del vicio, de la corrupción, de las buenas costumbres, en un país donde disentir es simplemente un problema de vida o muerte.